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Donald Trump, La estrella de NYC como llega a la Casa Blanca se va… Un personaje que si bien tenía mucho que aportar a la evolución de una nación en plena competencia con ejes como China o la misma Alemania no sabrá operar las piezas de un complicado ajedrez que representa el tablero de los Estados Unidos.

El tiempo nos dirá a detalle cuales fueron son sus principales errores dentro de una gestión muy rápida y que en menos de cuatro años la generación de una profunda división de razas le saca de la silla del poder.

Trump ve en los EEUU una empresa que debería de salir de su estatus comprometido económicamente con organizaciones internacionales que a su vez le otorgaron poder por décadas y que se laceró con su actuar diplomático carente de sentido integral.

Por: León Krauze Hace cuatro años parecía improbable que Trump ganara la presidencia, pero triunfó gracias a su violencia discursiva y su talento mercadológico. La actual crisis ha puesto en peligro su reelección, pero nada está escrito. La posibilidad de la ruina existe.

El triunfo tomó desprevenido a Trump. El periodista de The Washington Post Bob Woodward entrevistó a Steve Bannon, el estratega de derecha que guió la recta final de la campaña, para su libro Miedo. Trump en la Casa Blanca, notable crónica de la elección de 2016 y los primeros meses de Trump en el poder. Bannon describe a un Trump estupefacto la noche de la elección. “No tenía la menor idea de que iba a ganar”, le confesó Bannon a Woodward. “No se había preparado en lo más mínimo. No creía que iba a perder, pero tampoco pensaba que iba a ganar. Y hay una gran diferencia. No estaba preparado ni tenía equipo de transición.” Trump no era el único sin experiencia. El propio Bannon jamás había enfrentado una responsabilidad ni remotamente parecida a construir de cero la estructura gubernamental estadounidense. Tampoco el círculo cercano a Trump, incluida su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner. “¿Cómo carajos vamos a hacer un gobierno?”, se preguntaba Bannon.

La respuesta la proveería el Partido Republicano en el principio de una confabulación inédita. Los republicanos, que por meses habían ignorado a su candidato, a quien en privado y en campaña consideraban indigno y peligroso, reconocieron de pronto la utilidad del nuevo presidente y le ofrecieron una salida: sumar al gobierno voces con experiencia pertenecientes al círculo republicano y a la estructura del movimiento conservador. El pacto era evidente. El partido le ofrecería estabilidad al presidente neófito a cambio de asegurar, a la brevedad, la puesta en práctica de la agenda conservadora. Aunque mantuvo algunos puestos para su gente de confianza, Trump accedió y asumió rápidamente su parte del acuerdo. Nombró a Rex Tillerson, magnate petrolero, como secretario de Estado. A Jeff Sessions, senador nativista de Alabama, lo hizo fiscal general y al general James Mattis le otorgó la Secretaría de Defensa. Reince Priebus, que había dirigido el Partido Republicano, se haría cargo del gabinete.

Las concesiones de Trump al partido rindieron fruto de inmediato. Garantizó, antes que nada, la consolidación del dominio conservador de la Suprema Corte y del resto del sistema judicial estadounidense. Apenas unas semanas después de haber iniciado su gestión, nominó al máximo tribunal al conservador Neil Gorsuch, quien tomó el puesto que había dejado vacante Antonin Scalia, eminente voz conservadora de la Corte que había muerto en los últimos meses del gobierno de Obama (la prerrogativa de reemplazar a Scalia debió corresponder a Obama, pero el Senado republicano lo bloqueó de mala manera). Un año más tarde, tras el retiro del magistrado Anthony Kennedy, Trump nombró al conservador Brett Kavanaugh, a pesar de la sospecha de un escándalo de índole sexual. El Senado republicano confirmó a Kavanaugh en el puesto sin prestar mayor atención a la minoría demócrata. Además de los dos magistrados, Trump nominó a doscientos jueces a puestos vitalicios, inclinando la balanza del poder judicial hacia la causa conservadora por al menos una generación. Finalmente, a mediados de septiembre del 2020, Trump recibió la inesperada oportunidad de nominar a un tercer magistrado de la Suprema Corte, esta vez como sucesor de Ruth Bader Ginsburg, baluarte liberal del máximo tribunal durante casi tres décadas, quien falleciera por complicaciones de cáncer pancreático a solo cincuenta días de la elección. A la hora de enviar el presente ensayo a imprenta, el Senado republicano, el mismo que negó a Obama la posibilidad de nombrar al sustituto de Scalia en 2016, consideraba seriamente votar en favor del elegido por Trump. De ocurrir así, Donald Trump habría conseguido el anhelo más grande del movimiento conservador en el último siglo: dominar por completo y sin oposición relevante el sistema de justicia en Estados Unidos.

Aun antes de la muerte de Ginsburg, el Partido Republicano ya había recompensado a Trump con una complicidad sin precedentes. Después de la disciplina de Trump con la encomienda conservadora, y a medida que las encuestas confirmaban su notable popularidad entre los votantes republicanos, sus antiguos rivales dejaron de lado cualquier escrúpulo para volverse aliados y, en muchos casos, cómplices rastreros de los desplantes y abusos del nuevo gobierno. Legisladores que antes lo habían criticado con brusquedad adoptaron de manera entusiasta el papel de escuderos. En el Congreso, solo un puñado de voces se atrevieron a cuestionar su talante autoritario, pero se toparon con una maquinaria de descrédito que, al final, obligó a varios a renunciar. Trump se deshizo así de los senadores Jeff Flake y Bob Corker y del representante de Wisconsin, Paul Ryan, estrella emergente que, apenas cuatro años antes, había contendido por la vicepresidencia al lado de Mitt Romney. Para mediados de 2018, el Republicano era ya el partido de un solo hombre.

Hace dos siglos y medio, Franklin, Hamilton, Madison y Jefferson crearon la democracia estadounidense con la intención principal de evitar los abusos del tirano. Esa democracia está hoy en juego. Los votantes estadounidenses tienen la última palabra. La posibilidad de la ruina existe. Trump puede ganar. Desde su interpretación visceral de las peores pulsiones estadounidenses, apelando al agravio y al terror, mintiendo sin pudor alguno… puede ganar. Su triunfo en las elecciones primarias republicanas no fue obra de la casualidad. Mucho menos su victoria sobre Hillary Clinton. Hay un método en su locura y su perversión. Trump sabe a quién le habla ahí, en la pantalla de televisión, donde lo ha hecho desde hace décadas. La cultura popular podrida, frívola y violenta puede vencer a las instituciones centenarias. Si así ocurre, no habrá marcha atrás.

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